I
Lo que nadie quería mirar
En la náutica, los mejores clientes no escriben en horario de oficina. Escriben cuando sueñan.
El viernes a las 22:00, con una copa de vino y ganas de una escapada. El domingo por la mañana, mirando el mar desde el paseo. Un martes de agosto a las tres de la tarde, cuando la oficina está cerrada y el deseo está más encendido que nunca. «¿Tenéis algo este fin de semana?» — envían el mensaje, y esperan.
Y la respuesta llega el lunes. Cuando ya han reservado en otro sitio.
Durante años, la industria entera aceptó esto como parte del paisaje, como la marea o el viento. Nadie lo contabilizaba, porque la reserva que no llegó a existir no aparece en ninguna cuenta. Es el agujero más caro y el más invisible: dinero fantasma, reservas que se hundieron sin hacer ruido.
Eso era lo que estaba mal. Y a casi nadie parecía importarle.


